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Y después de no haber llegado a un Pacto de Estado en Educación, ¿qué?
JESÚS LÓPEZ GARCÍA. Diputado regional del PSOE |
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Ni ahora, ni antes, existía duda sobre el interés de establecer unos principios básicos sobre los que asentar un marco normativo estable para nuestro sistema educativo. Desde la implantación de la LODE, en los años ochenta, se han producido en nuestro país cerca de una decena de reformas y minirreformas en el sistema educativo a las que hay que añadir la diversidad de programas e interpretaciones de los gobiernos autonómicos desde que asumieron las competencias. Es cierto que el reto de elevar la edad de escolarización obligatoria hasta los 16 años exigió profundos cambios normativos, así como una reflexión sobre la manera de acomodar en el sistema a decenas de miles de alumnos que antes abandonaban la escuela a los 14 años. La implantación de la LOGSE vino acompañada de un largo debate, de abundantes actividades formativas en los centros educativos, de nuevas prácticas de elaboración de documentación por parte del profesorado y los equipos directivos, de actividades en los centros de profesores y también en las familias. El reto de la enseñanza universal, inclusiva y que atendiese a la diversidad hasta edad avanzada exigía cambios en la metodología de los profesores, en los materiales y en los propios contenidos de la educación. Sin embargo, los resultados de los cambios tuvieron algunos efectos no deseados. Así, las cifras de fracaso escolar han lastrado el sistema en estas dos últimas décadas. Más aún, los objetivos de la Estrategia de Lisboa, que pretendían que el 85% de la población joven tuviese estudios más avanzados (equivalentes a Bachillerato o FP de Grado Medio), nos han puesto ante nuestros ojos una realidad peor de la podíamos esperar, en especial en algunas comunidades autónomas como la de Murcia. Ante esto, las leyes no son la única herramienta, pero sí la base fundamental para el establecimiento de desarrollos normativos más eficaces a la hora de dar ciertas garantías a los centros educativos, máxime cuando los últimos estudios nos vienen indicando que los centros bien gestionados influyen de manera notable en los resultados de la educación. La última Ley de Educación (LOE, año 2006) intenta recoger los resultados del debate educativo de las últimas dos décadas, así como la transposición de las indicaciones de la Unión Europea y de la OCDE. Si hacemos abstracción del debate ideológico y doctrinario, la LOE, con algunas reformas pactadas, es un punto de partida válido para la establilidad del sistema. Ésta era la clave de la búsqueda de un pacto. Sin embargo, éste se ha frustrado por el envenenamiento del debate político en estos últimos años. Ha sido una oportunidad perdida en cuanto que el ministro Gabilondo tenía capacidad y voluntad política para negociar hasta satisfacer peticiones conservadoras que antes hubiesen sido difíciles de sostener. Es el caso de determinadas medidas de flexibilización del sistema en las edades clave (de tercero de la ESO en adelante). Sin embargo, si el debate sobre la LOE en sus primeros años se diluyó en una absurda polémica sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía, ahora ha pasado algo parecido con el asunto del castellano o la «libertad de elección de centro», que son cuestiones bastante ajenas al objetivo central del sistema, que no es otro que el éxito educativo. Sin embargo, a pesar del aparente fracaso, es posible extraer algunas conclusiones que nos pueden ser útiles. Desde el Ministerio de Educación se van a desarrollar un conjunto de actuaciones, conocidas como el Plan de Acción 2010-11, que recogen los grandes ámbitos de acuerdo y de urgencia: la mejora de la enseñanza de idiomas, la flexibilización de los últimos cursos de ESO, la ampliación de las oportunidades de regreso al sistema, en especial a la FP, los programas para el éxito escolar, la detección temprana del atraso, la mejora de mecanismos globales de evaluación, entre otros. Esperemos que este plan ayude a sedimentar mejoras en nuestro querido sistema público de educación. |
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